martes, 11 de octubre de 2011

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El Ginkgo es un árbol antediluviano. Solo había sobrevivido en una pequeña región de China al abrigo de las catástrofes naturales y los cambios climáticos de los últimos milenios. De allí lo rescató el hombre para cultivarlo, lo redistribuyó por el mundo y después de mucho tiempo descubrió sus propiedades curativas.

Los chinos que al parecer llevan cultivando el ginkgo desde el siglo XI d.C. no tardaron en incluirlo en su lista de plantas medicinales imprescindibles. La principal causa de esta aceptación no fue la impresionante antigüedad de la especie –entonces desconocida-, sino la robustez y proverbial resistencia del árbol. Sus hojas, que parecen dos abanicos divergentes o inseparablemente unidos, reflejan el principio de la filosofía china: la teoría del yin y el yang.




Se trata de la representación de lo masculino y lo femenino, y la ley de los polos opuestos que todo lo engendran y todo lo rigen. Se comprende fácilmente que los chinos, al igual que harían luego los japoneses, veneraran el ginkgo por sus cualidades insólitas. Además, solían atribuirle poderes curativos y mágicos.

Es un árbol venerado y lo plantan cerca de las pagodas y los templos ya que según una antigua leyenda, es un escudo contra el fuego.



Tanto en China como en Japón, sus frutos teñidos de rojo, se regalaban (y se regalan) a las parejas recién casadas.




En consecuencia, los tratados sobre el ginkgo aparecen en todas las obras importantes de la medicina china redactadas a partir del siglo XI. En estos libros se recomiendan especialmente las semillas, por ser un remedio de múltiples aplicaciones. Estas afirmaciones figuran en el Pent-t’sao hang mu de Li Shizen (1518 – 1593), que es la enciclopedia clásica de la ciencia médica en esta tradición. También podemos encontrarlas en cualquier otra obra, ya sea anterior o posterior, sin importar la escuela científica de la que provenga. Sin embargo, curiosamente, el ginkgo no figura en la actual farmacopea oficial de la Republica Popular China.



Hay que conocer la visión filosófica de los chinos respecto al hombre, su naturaleza y sus enfermedades, para comprender porqué los granos del ginkgo eran tan apreciados para el tratamiento de diferentes dolencias. Su cubierta carnosa se prescribía para el asma, la tos, las irritaciones de la vejiga, las supuraciones oculares y el cáncer. Además, se administraba como digestivo, o incluso para suavizar los efectos de la alcoholemia y combatir el alcoholismo.

En ese mismo contexto debe entenderse su aplicación como agente de purificación interna.

La medicina tradicional china considera que el fruto y su carne constituyen un remedio eficaz para eliminar las inarmonías del meridiano vesicular. La armonización de este meridiano no sólo fortalece los riñones, sino que también ayuda a superar la enuresis nocturna en los niños. Otra de sus virtudes es aliviar los casos de tenesmo vesical (la necesidad de orinar con frecuencia acompañada de dolores). Restablecido el armonioso flujo de energías en el meridiano, el paciente aprecia también otras mejorías. Ejemplo de esto es el aumento de deseo sexual, de la potencia y la producción de esperma. De un modo indirecto, incluso se puede inducir un efecto positivo sobre el meridiano correspondiente al oído; razón por la cual los médicos chinos también recetaban el ginkgo contra la sordera.



Incluso la tuberculosis y la viruela solían tratarse, en épocas anteriores, con extracto de líquido obtenido de sus frutos. La medicina china actual emplea diversos preparados con ginkgo, considerados muy eficaces, para curar los estados de nerviosismo e inquietud.

En este contexto también resultan interesantes unos informes recientes, elaborados por médicos de ese país, sobre los logros obtenidos en la curación de la tuberculosis. Soy unos resultados muy alentadores, teniendo en cuenta que esta enfermedad infecciosa, que se creía exterminada, ha vuelto a brotar... continúa en
 
 

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